LOS CARNAVALES
Yo nunca fui de acercarme a las fiestas, pero hace años que no puedo evitar guiarme por las calles hasta los bombos y las primeras noches afuera.
Llevo estas fotos viejas que estoy seguro solo yo recuerdo, con sonrisas que ya no existen y con tristezas que se chamuscaron. Y estas fotos viejas de las que nunca me pude deshacer vuelven a la vida bajo la luz cálida de la oscuridad primaveral.
El frio que aun no se va eleva todas esas figuras veloces que dibujan los movimientos y ritmos de la gente. Me es extraño y ajeno, y sé que no lo disfruto pero igual bailo, intento bailar una vez más.
Admiro su banalidad, admiro su afán por danzar y olvidar. Y me pone casi casi feliz porque casi casi que lo siento, pero no, no me puedo dejar llevar aunque me muera de ganas de otra vez.
No sabes cuan feliz fui. No sabes lo que bailé y como me olvidé de todo. Esa calidez tan redonda y plena en el secretismo de la cercanía.
Pero me quedé demás. Ya entonces las luces estaban menguando. Fui un tonto, ahí era el momento y no lo anticipé.
Me quiero marchitar feliz en esa murga y no sentir nunca más. Como un rollo de película viejo que se repite infinitamente con nostálgicos matices naranjas añejos.
Por eso vuelvo todos los años, a ese lugar adentro y afuera. Por los carnavales que me hacen llorar. Por el noviembre en el que algún día me voy a quedar. Nomas yo.
Ahí.
Bailando.

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